martes, 8 de septiembre de 2009

la revolucion francesa

LA REVOLUCION FRANCESA
Proceso social y político acaecido en Francia entre 1789 y 1799, cuyas principales consecuencias fueron el
derrocamiento de Luis XVI, perteneciente a la Casa real de los Borbones, la abolición de la monarquía en
Francia y la proclamación de la I República, con lo que se pudo poner fin al Antiguo Régimen en este
país.
Aunque las causas que generaron la Revolución fueron diversas y complejas, éstas son algunas de las más
influyentes: la incapacidad de las clases gobernantes —nobleza, clero y burguesía— para hacer frente a
los problemas de Estado, la indecisión de la monarquía, los excesivos impuestos que recaían sobre el
campesinado, el empobrecimiento de los trabajadores, la agitación intelectual alentada por el Siglo de las
Luces y el ejemplo de la guerra de la Independencia estadounidense.
Las teorías actuales tienden a minimizar la relevancia de la lucha de clases y a poner de relieve los
factores políticos, culturales e ideológicos que intervinieron en el origen y desarrollo de este
acontecimiento.
Las razones históricas de la Revolución

Más de un siglo antes de que Luis XVI ascendiera al trono (1774), el Estado francés había sufrido
periódicas crisis económicas motivadas por las largas guerras emprendidas durante el reinado de Luis
XIV, la mala administración de los asuntos nacionales en el reinado de Luis XV, las cuantiosas pérdidas
que acarreó la Guerra Francesa e India (1754-1763) y el aumento de la deuda generado por los préstamos
a las colonias británicas de Norteamérica durante la guerra de la Independencia estadounidense (1775-
1783).
Los defensores de la aplicación de reformas fiscales, sociales y políticas comenzaron a reclamar con
insistencia la satisfacción de sus reivindicaciones durante el reinado de Luis XVI. En agosto de 1774, el
rey nombró controlador general de Finanzas a Anne Robert Jacques Turgot, un hombre de ideas liberales
que instituyó una política rigurosa en lo referente a los gastos del Estado.
No obstante, la mayor parte de su política restrictiva fue abandonada al cabo de dos años y Turgot se vio
obligado a dimitir por las presiones de los sectores reaccionarios de la nobleza y el clero, apoyados por la
reina, María Antonieta de Austria.
Su sucesor, el financiero y político Jacques Necker tampoco consiguió realizar grandes cambios antes de
abandonar su cargo en 1781, debido asimismo a la oposición de los grupos reaccionarios. Sin embargo,
fue aclamado por el pueblo por hacer público un extracto de las finanzas reales en el que se podía apreciar
el gravoso coste que suponían para el Estado los estamentos privilegiados.
La crisis empeoró durante los años siguientes. El pueblo exigía la convocatoria de los Estados Generales
(una asamblea formada por representantes del clero, la nobleza y el Tercer estado), cuya última reunión se
había producido en 1614, y el rey Luis XVI accedió finalmente a celebrar unas elecciones nacionales en
1788.
La censura quedó abolida durante la campaña y multitud de escritos que recogían las ideas de la
Ilustración circularon por toda Francia. Necker, a quien el monarca había vuelto a nombrar interventor
general de Finanzas en 1788, estaba de acuerdo con Luis XVI en que el número de representantes del
Tercer estado (el pueblo) en los Estados Generales fuera igual al del primer estado (el clero) y el segundo
estado (la nobleza) juntos, pero ninguno de los dos llegó a establecer un método de votación.
A pesar de que los tres estados estaban de acuerdo en que la estabilidad de la nación requería una
transformación fundamental de la situación, los antagonismos estamentales imposibilitaron la unidad de
acción en los Estados Generales, que se reunieron en Versalles el 5 de mayo de 1789. Las delegaciones que representaban a los estamentos privilegiados de la sociedad francesa se enfrentaron inmediatamente a
la cámara rechazando los nuevos métodos de votación presentados.
El objetivo de tales propuestas era conseguir el voto por individuo y no por estamento, con lo que el tercer
estado, que disponía del mayor número de representantes, podría controlar los Estados Generales. Las
discusiones relativas al procedimiento se prolongaron durante seis semanas, hasta que el grupo dirigido
por Emmanuel Joseph Sieyès y el conde de Mirabeau se constituyó en Asamblea Nacional el 17 de junio.
Este abierto desafío al gobierno monárquico, que había apoyado al clero y la nobleza, fue seguido de la
aprobación de una medida que otorgaba únicamente a la Asamblea Nacional el poder de legislar en
materia fiscal. Luis XVI se apresuró a privar a la Asamblea de su sala de reuniones como represalia. Ésta
respondió realizando el 20 de junio el denominado Juramento del Juego de la Pelota, por el que se
comprometía a no disolverse hasta que se hubiera redactado una constitución para Francia.
En ese momento, las profundas disensiones existentes en los dos estamentos superiores provocaron una
ruptura en sus filas, y numerosos representantes del bajo clero y algunos nobles liberales abandonaron sus
respectivos estamentos para integrarse en la Asamblea Nacional.
El inicio de la Revolución
El rey se vio obligado a ceder ante la continua oposición a los decretos reales y la predisposición al
amotinamiento del propio Ejército real. El 27 de junio ordenó a la nobleza y al clero que se unieran a la
autoproclamada Asamblea Nacional Constituyente. Luis XVI cedió a las presiones de la reina María
Antonieta y del conde de Artois (futuro rey de Francia con el nombre de Carlos X) y dio instrucciones
para que varios regimientos extranjeros leales se concentraran en París y Versalles.
Al mismo tiempo, Necker fue nuevamente destituido. El pueblo de París respondió con la insurrección
ante estos actos de provocación; los disturbios comenzaron el 12 de julio, y las multitudes asaltaron y
tomaron La Bastilla, (una prisión real que simbolizaba el despotismo de los Borbones), el 14 de julio.
Antes de que estallara la revolución en París, ya se habían producido en muchos lugares de Francia
esporádicos y violentos disturbios locales y revueltas campesinas contra los nobles opresores que
alarmaron a los burgueses no menos que a los monárquicos. El conde de Artois y otros destacados líderes
reaccionarios, sintiéndose amenazados por estos sucesos, huyeron del país, convirtiéndose en el grupo de
los llamados “émigrés”.
La burguesía parisina, temerosa de que la muchedumbre de la ciudad aprovechara el derrumbamiento del
antiguo sistema de gobierno y recurriera a la acción directa, se apresuró a establecer un gobierno
provisional local y organizó una milicia popular, denominada oficialmente Guardia Nacional. El
estandarte de los Borbones fue sustituido por la escarapela tricolor (azul, blanca y roja), símbolo de los
revolucionarios que pasó a ser la bandera nacional.
No tardaron en constituirse en toda Francia gobiernos provisionales locales y unidades de la milicia. El
mando de la Guardia Nacional se le entregó al marqués de La Fayette, héroe de la guerra de la
Independencia estadounidense. Luis XVI, incapaz de contener la corriente revolucionaria, ordenó a las
tropas leales retirarse. Volvió a solicitar los servicios de Necker y legalizó oficialmente las medidas
adoptadas por la Asamblea y los diversos gobiernos provisionales de las provincias.

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